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Té matcha, chía, quinoa... ¿Por qué los superalimentos de moda están tan malos?

Alguien tenía que decir que esa cosa verde sabe a detergente.

Deo AguilarFoto: Getty Images.
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Matcha latte

El matcha latte no lo arregla ni la leche condensada. 

De verdad que lo he intentado. He intentado fuerte que me gusten, ser una de esas foodies sanísimas que se entregan a las bondades de los superalimentos de moda. He probado casi todos, pero no hay manera. Cada vez que me preparo un té matcha, el rollo healthy me dura dos segundos, los que tardo en saborear ese menjunje verde que sabe a detergente. Palabrita: el sabor a Fairy no se le va ni echándole una enorme bola de helado de vainilla. 

Lo de los superalimentos es especialmente sangrante para las madres. Qué se supone que tienen que decir, ¿nena, bébete rápido el té matcha que se le van los antioxidantes? ¿Nene, acábate la quinoa o te castigo una semana sin ver Elrubius? Nah.

En mi caso, todo empezó con los batidos verdes y el aguacate. El segundo lo tengo bastante controlado, aunque siempre se me vaya la mano con la sal, que la echo en cantidades obscenas, hasta que me sabe todo a Doritos. Pero los primeros... Los primeros fueron el primer paso hacia el abismo del sinsabor. No hay cuenta de Instagram, libro ni blog dedicados a esas bebidas que no haya leído en busca de la receta perfecta, una que consiga hacer apetecible el hecho de beber acelgas, espinacas y pepinos triturados.

Lo peor fue el nivel iniciación, cuando los hacía sólo con agua. Ese potingue, además de saber a rayos, te guarda una sorpresa final: la dura digestión de todas esos vegetales pasando sin freno por tu fino estómago de omnívoro, ardiendo como un demonio. Después de tomarte uno, estás cuatro días con sus tres noches acordándote del kale. Porque esa es otra, ¿a qué diantres sabe el kale? Yo os lo diré: sabe a césped, a rastrojos y a malas hierbas. Dicen que si comes mucho, puedes llegar a superar los 200 años de vida. Pero cada vez que lo intento, pienso que tampoco está tan mal morir un poco más joven. Y me voy directa a por el chuletón.

Instagram y Pinterest me bombardeaban con los green smoothies, cuando yo hubiera preferido comer Napalm antes que volver a ese infierno verde. Pero tenía que intentarlo de nuevo, probarlo mejor. Pasé al nivel advanced y añadí unas manzanas y leche de avena o de arroz. La cosa mejoró levemente, hasta que un día lo intenté con las fresas. Suspender pintura en el colegio era una señal que no tenía que haber pasado por alto. Creo que se aprende en el primer curso de Primaria, pero yo olvidé que verde (kale) más rojo (fresón) da como resultado un espantoso color marrón madero. Y doy fe de que el factor psicológico de beberte ese líquido del tono del uniforme de un policía ochentero empeora mucho ese mal trago. 

Tirada la toalla de los licuados verdes-casi-marrones, fui directa a por la quinoa. Primero me mosqueó su aspecto después de prepararla; parece que comes comida carcelaria. Miras esos pegotes y te entra la pena mala. El primer bocado confirmó mis sospechas: no sabe a nada. Pero a nada de nada de nada. La quinoa es la gran nada en el fabuloso mundo de los sabores de los superalimentos. Probé hacerla en ensalada y me entró la depresión; hasta que descubrí que me la puedo comer casi contenta si le meto un buen montón de salchichas. De nuevo, algo me dice que en lugar de sumar años, menguo a un ritmo vertiginoso mi caducidad.

Luego vino la chía, un capítulo aparte. Con la chía me sentí un periquito, sólo me faltaba piar. Y yo nunca en mi vida me había sentido un periquito, pero tengo que lograr como sea alargar en un par de días mi esperanza de vida. La lástima que sentí por mí comiendo ese alpiste sólo es comparable a decepción que me invadió cuando saqué del horno las galletas de chocolate (¡con chía!). La chica que colgó la receta en su blog juraba que estaban riquísimas, pero las mías, con esa pinta triste y deshidratada, ya auguraban la catástrofe. No mejoraron ni mojándolas en Cola Cao. Tampoco con Nesquik.

No me había dado tiempo a superar la traumática experiencia con la chía, cuando se puso de moda el té matcha. Sí, volvamos al té matcha un momento. Yo ya sabía que no tenía que pasar otra vez por el trance de tomar ese líquido verde del demonio. Lo bebí por primera vez hace varios años en un viaje a Japón, pero toda la parafernalia de la ceremonia del té bien valió el esfuerzo. Si vas a Kioto, tienes que tragártelo, coger fuerzas y aguantar no vomitar eso que sabe a Mistol con agua del grifo. Pero una vez sales de ahí, una vez vuelves a la España del cocido, de la paella y del jamón serrano, del Rioja y del Ribera del Duero, del cortado y el carajillo... ¿En serio es necesario meter té matcha en tu vida? 

Ahora lo mezclan con leche vegetal y lo llaman matcha latte, como si así estuviera más rico (advertencia: no). Se hacen hasta macarons y bizcochos verdes, que han conseguido reconciliarme un poco con este té de mis pesadillas. Pero a la hora de la verdad, siempre acabo con la canela, el limón y esa leche asturiana entera que me acerca hasta mi niñez. Y me alarga tanto la vida. 

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