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Contra la dictadura de las bodas 'cuquis'

Tanto letrerito no se puede soportar.

Deo Aguilar
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 Contra la dictadura de las bodas 'cuquis'

Añoro las bodas feas, en sitios anodinos con moqueta y litros de cava barato sobre las mesas. Echo de menos las bodas horteras en las que se cortaban corbatas y ligas y la lista de invitados colgaba en el corcho, impresa de cualquier manera con letra arial. No soporto las 'bodas cuquis' de ahora, todas iguales, con las mismas guirnaldas y luces de verbena. Todo tan perfecto, tan clónico, tan pretendidamente bonito. Y tan cursi. Candy Candy al lado de las 'cuquibodas' es una punki con cresta.

¿Cuándo empezó todo? Las primeras señales de invasión se dieron entre 2006 y 2008. Alguien puso un día un carrito de gominolas en una y, a partir de ahí, todo se fue al carajo. Luego llegaron los fotocalls, la misma cerámica desgastada, los cartelitos escritos a mano alzada... Todo tan mono, tan igual, que es imposible distinguir la boda de tu hermana de la de la vecina del quinto. En esas fiestas no hay nada al azar, todo debe ser 'instagrameable'.

Con todo tan bonito, lo feo parece un lujo. Vas a las mismas fincas , con los mismos catenrings y la misma cubertería vintage y sientes ese deja vú insoportable. Tanto cuquismo no se puede aguantar y los niveles de glucosa en sangre aumentan cuando compruebas que (¡tachán!) la novia lleva un vestido arreglado con el encaje del de su abuela. Exactamente lo mismo que la boda anterior. Clavada a la siguiente. Está todo tan pensado que se han cargado el desenfado.

 

Hay una regla universal que los humanos cumplimos a rajatabla: cuanto más originales queremos ser, menos lo somos. Pasa con todo, con la moda, con la decoración, con los libros más vendidos... Por eso las cuquibodas son como el Ikea de las bodas. Antes muerta que organizada por la pareja: ahora todos quieren una wedding planner, como si ese invento americano pudiera conseguir un poco de alma para una fiesta.

El feismocidio de las cuquibodas ha conseguido que lo bonito sea hortera. Y que lo hortera sea moderno, que la improvisación sea el epítome del buen gusto. Comprar la tarde anterior el vestido con el que te casarás, no colgar ni un sólo letrero, ni ofrecer a los invitados sombreros ni gominolas ni limonada en botes de conserva. Que te den igual la vajilla y las copas, pero que no falte nadie, ni aquellos que viven lejos. Que ningún detallito haga sombra a lo importante: disfrutar relajados del fiestón.

Y si quieres ser original, distinta de verdad, atrévete con algo: no hagas ni una sola foto ese día. Aunque te puede pasar esto, sabes que ninguna pose estará nunca a la altura de ese recuerdo.

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