MARIN HOPPER | 28 DE AGOSTO DE 2012
Cuando pienso en los lugares en los que más disfruté de niña aparecen dos sitios mágicos cerca de Los Ángeles. Uno de ellos es el Malibú de los 60, donde mi familia solía pasar fines de semana con Jane Fonda (que era la mejor amiga de mi madre, Brooke Hayward), el marido de Jane, Roger Vadim, y su hermano, Peter Fonda, con quien mi padre, Dennis Hopper, rodó luego Easy Rider. Jane es mi madrina, y yo la admiraba muchísimo. Es la mezcla perfecta entre una americana deportista y una encantadora europea. Ella y Roger vivieron en Francia durante unos años y pensaba que era muy sofisticada. Llevaba el pelo recogido en un moño y los domingos servía en la larga mesa de madera una deliciosa bullabesa y pan de ajo. ¡Era tan exótico! Por allí pasaba todo tipo de gente –Terry Southern (que coescribió Easy Ryder), Teri Garr, y el galerista Irvin Blue, junto con artistas de Irvin como Ed Ruscha. Ed utilizaba muchas palabras en sus pinturas pero en persona era muy tímido.
Por aquella época Malibú era muy relajante, sin paparazzis, y había un sentido real de comunidad artística. Todas las casas eran como chozas unas al lado de las otras, y la playa representaba el gran patio trasero. La gente estaba continuamente entrando y saliendo de las casas de los demás con sus trajes de baño, bebiendo vino. Todo era de un glamour sencillo y siempre que huelo unos Bain de Soleil me recuerda a mi infancia. El profesor de yoga de mi madre venía a casa. Y cuando yo tenía unos cinco años recuerdo a Jane entrenando para Barbarella, practicando tiro con arco en bikini.
Diana Vreeland había contratado a mi padre para que tomara fotos de personas que considerara cool. En los parones entre rodajes siempre tenía la cámara con él y le gustaba ir a Malibú a documentar toda aquella escena, donde todo convergía: artistas, actores y músicos, todos estaban en Los Ángeles y a mi padre le interesaba retratar todo aquello. Mi hermano mayor, Willie, pintaba a mi padre como un hombre de cabeza de cámara porque siempre tenía una delante de la cara.
Muchas tardes, Peter Fonda se ponía a tocar la guitarra y los almuerzos se convertían en una especie de fiesta. Dábamos largos paseos en grupo por la playa –los adultos traían vino y nosotros recogíamos conchas en la orilla. La actriz Jennifer Jones, íntima amiga de la familia, me enseñó a hacer dibujos en la arena y decorarlos con conchas y algas. Siempre vestían caftanes. Jennifer tenía el mismo tipo de glamour de Jane, ese de: “Oh, cariño, sentémonos en el suelo y comamos uvas”. Su casa siempre olía a velas de Rigaud. Aún pienso en ella cada vez que huelo una. Fue en esa época en la que se fraguó Easy Rider. Mi padre y Peter estaban un día paseando por la playa, a los dos les gustaban las motos así que dijeron: “Hagamos una película sobre motos”.
Mi otro lugar favorito era nuestra casa en North Crecent Heights en las colinas de Hollywood, a la que llamábamos Pop House. Mis padres la visualizaron como un nuevo ambiente para nosotros y buscaron en tiendas de antigüedades y galerías para decorarla. Había un payaso de casi cuatro pies que mi padre encontró en México y colgaba del techo sobre un sofá victoriano, una silla de barbero blanca y negra y una silla Eames; una farola de París en la entrada y, en el hall circular, carteles circenses hasta el techo. En la repisa de la chimenea había una máquina de chicles y mis padres trajeron un taxi amarillo Checker para pasear por los alrededores. La gente gritaba “¡Taxi!”cuando íbamos del colegio a casa.
Aquellos años se respiraba un aire que llamaba a experimentar. Había muchas fiestas, y la gente se quedaba a dormir en casa. Recuerdo bajar una mañana las escaleras y ver un montón de Ángeles del Infierno en sacos de dormir. Mi madre me dijo: “Son algunos amigos de papá”.
Mi padre era una gran coleccionista de personas y de arte y solía jactarse de que el día que nací, en 1962, salió a comprar un cuadro de sopa Campbell, de Warhol por 75 dólares. Esto fue antes de que Warhol fuera famoso, claro. Cuando yo era bebé, mis padres le organizaron una fiesta de bienvenida en Los Ángeles. De niña ya me gustaba el arte. Aprendí a mover el aro frente a Standard Station, Amarillo, Texas, de Ruscha y teníamos Se hunde el sol de Roy Lichtenstein en el salón. Pensaba que era como un dibujo animado que cobraba vida. También estaban Double Mona Lisa de Warhol, un Jasper Johns y Hotel Green, de Marcel Duchamp. Tenía muy buen ojo. Una vez, cuando estaba rodando un western, llegó a casa con una furgoneta llena de cáctus y rocas de goma que se convirtieron en la decoración de nuestro jardín. Mis padres forraron las paredes del baño con recortes de anuncios: recuerdo a mi madre allí sentada en bikini y con unos pendientes extravagantemente largos, cubriendo las paredes con anuncios de mujeres aplicándose barra de labios y cardándose el pelo. Mi madre y Jane tenían mucho estilo. Jane llevaba, por ejemplo, blusas de Yves Saint Laurent con pantalones pitillo. A mi madre le encantaba James Galanos o Rudi Gernreich para salir por la noche, pero para el día vestía camisolas mexicanas bordadas y sandalias de cuero. Era más tradicional que mi padre.
Recuerdo cuando él me llevó a Disneylandia y nos pararon en la puerta porque llevaba el pelo muy largo. No nos dejaron entrar. Y nunca olvidaré cuando fue a una fiesta con un traje de terciopelo púrpura y sombrero a juego. Pero mis padres para entonces ya estaban divorciados. Easy Rider marcó el fin de su matrimonio y, lamentablemente, también de Pop House y de los domingos en Malibú. Después de aquello mi padre vivió años salvajes, pero tenía un gran sentido del decoro. Era el hombre más amable, generoso y poseía una increíble inocencia. Echo de menos llamarle y contarle cosas. Sólo salir de la puerta de casa y llegar hasta el coche con él ya era excitante y convirtió Los Ángeles en una aventura para mí.
La obra fotográfica que el actor realizó durante el período se puede disfrutar en el libro ‘Dennis Hopper. Photographs 1961-1967’ (Ed. Taschen).