ARANCHA GAMO | 05 DE MARZO DE 2013
Magia y detalles que parecen pintados en un lienzo convertido en vestido. Valentino vuelve a hacernos soñar con sus delicadas creaciones, que son el vivo ejemplo de la maestría en el detalle que caracteriza a la firma. Cada bordado, cada encaje, cada flor, cada cristal... todos ellos parecen haber sido trabajados con el mayor de los mimos, para construir un mundo que es a un tiempo regio y delicado, firme e inocente.

Maria Grazia y Pier Paolo nos trasladan esta vez a la escuela Flamenca y a los maestros de Delft. A los interiores de luz contrastada de Rembrandt y a las bellas mujeres de los cuadros de Vermeer. Nada más comenzar el desfile, sabemos que la firma nos va a hacer viajar hasta el siglo XVII, al contemplar unos minivestidos negros con cuellos y puños blancos, que parecen salidos del pincel de Rembrandt. Tras ellos, las flores aparecen, no estampadas sino bordadas con minuciosidad, creando un jardín de ensueño en cada centímetro de tela. Es entonces cuando un suave color crema hace aparición, en las lanas más suaves que podamos imaginar; éstas configuran capas y vestidos de sutiles faldas tulipán. Pero el recurso de las capas alcanza su culmen en unas salidas en blanco con topos negros, emulando los mantos de armiño de la realeza.

Y a partir de aquí llega la más exquisita unión de texturas que la casa haya ideado. Piel y encaje, lana y transparencias, tejidos a modo de enrejado... la mezcla es absoluta y está llena de genialidad. Una genialidad que no tiene límites, y que vuelve a sorprendernos con un nuevo ritmo, que llega de la mano de unos vestidos mucho más coloristas. Curiosos babydoll con cortes de ondas en verdes, rojos, rosas y azules, que son un impás lleno de positividad.
Cuando parecía imposible, nos esperaba una nueva vuelta de tuerca. Retomando a los maestros de la escuela de Delft como inspiración, y más concretamente su cerámica, las salidas se llenan de estampados en blanco y azul, con preciosas flores e intrincados roleos pintados.

Por último, el final del desfile vuelve a cerrar el círculo, retomando el negro absoluto con cuellos y puños en blanco, tal y como veíamos al principio, sólo que esta vez en vistosos vestidos de noche.
Así surge la magia en la pasarela, Chiuri y Pizzioli lo saben muy bien.