RAMÓN REBOIRAS | 30 DE NOVIEMBRE DE 2012
Por un momento la sensación de que forman parte de una compañía ambulante lo llena todo. Acaban de representar un Godot en una función de barrio. Y vienen a ponerse el abrigo nuevo. Y mirarse al espejo con el garbo de muchos camerinos pobremente iluminados y trasnoches en cualquier lugar donde haya vino, filosofía y buhardilla. ¿Pero son precisamente actores?
El Mayor, El Padre, tiene aire de marino, el abrigo azul le va al pelo con esas guedejas de Corto Maltés que azotan mil tempestades intelectuales. El Padre, el príncipe de invierno. El Menor, El Hijo, mira las costuras del traje, prueba el paño, asiente como el chalán ante la dentadura del caballo, distingue un Tom Ford de un Gucci y se da ese aire de joven Al Pacino, esa inconsciencia del cómico que tanto sirve para montar en un tren en marcha, robar un banco o robarle el corazón a una costurera. Es domingo y estamos en un lugar industrial de la periferia de Barcelona de esos de los que tanto habla Marsé en su novelas de pijos y de obreros. Y los Rivas, Manuel y Martiño (o Martín, según se mire), coruñeses del Monte Alto, es la primera vez que acceden juntos a una sesión con luz y taquígrafos.
Empecemos la función por un flash-back. Un día, una mujer va repartiendo leche por las casas de A Coruña e imagina a su hijo convertido en un gran escritor y, a su lado, a un hermoso joven que triunfa en el cine… Es vuestra abuela y corre el año de 1970 o por ahí…
Manuel.- Esa situación ya la anticipó mi madre. Yo publiqué el libro que tal vez más eco tuvo de los míos El Lápiz del carpintero y que ella fue de las primeras en leer porque tenía una gran pasión lectora. Mi madre pertenecía a un tipo de familia verbívora, es decir, hay carnívoros, herbívoros y verbívoros, aquellos que comen y se alimentan de palabras. Nosotros, aun siendo un poco de todo, somos verbívoros. En concreto, mi madre hablaba mucho ella sola, es lo que en la etnografía gallega se conoce como cuerpos abiertos, personas, sobre todo mujeres, que son capaces de albergar diferentes voces. Martiño, mi hijo, que es actor, es un cuerpo abierto, puede albergar diferentes voces. Y Sol, su hermana, también. A mis dos hijos siempre les vi muy parecidos a mi madre. Yo creo que uno de los grandes placeres de la vida de mi madre fue oírles hablar, Martiño además era todo un charlot de la vida, un muchacho chaplinesco, ella se reía muchísmo con él…Le encantaba reír a mi madre, quizá porque sufrió mucho en la vida y con Martiño se reía muchísimo. Mi madre nunca tuvo muchos libros pero cuando caía uno en sus manos no lo dejaba escapar, lo comía. Era verbívora. De niña había leído muchas vidas de santos en un desván. Al mismo tiempo, Martiño había empezado a trabajar en varias vidas...(Martiño sonríe emocionado con la evocación de la abuela. Paladea el momento verbívoro como en una velada familiar. El padre sigue explicando el poder de la palabra)
...La primera vez que Martiño sale a un escenario fue en Irlanda. Tiene seis años en una escuela pública de Standhope, un barrio obrero de Dublín, y hace del hombre que viene de Connemara y de las islas de Arán, del Oeste. Estudiaba gaélico con los demás niños y la profesora siempre nos recalcó que tenía muy buen acento ¡Era una obrita infantil pero Martiño era ya el irlandés que venía del Oeste porque tenía mucho acento!(Martín sigue atento. A veces parece tener los ojos húmedos. El relato del padre es tan preciso que parecen volver a los días dublineses). Otra vez (prosigue Manuel relatando los comienzo del joven actor) le toca hacer de huérfano porque su padre le había abandonado porque era alcohólico… Nosotros llegamos ese fin de semana a casa pensando que mi madre iba a estar muy contenta con la interpretación, su nieto había salido en la televisión, estaba naturalmente contenta pero me llamó en silencio a un lado y me dijo “¿Tu crees que hay derecho a que te traten así?”. Se refería al alcohólico, no al huérfano. Martiño pone cara de huérfano. Manuel prosigue su perorata. Nosotros, más que hablar de realismo mágico, deberíamos hablar de la magia de la vida. Mi madre en algún momento soñó ese momento, ella al andar hablaba sola, y a veces hablaba con distintas voces… Estaba representando papeles... El recuerdo para ella era la imaginación del porvenir.
Otro fragmento de la novela familiar es la descripción que hace el abuelo sobre su hoyuelo de Robert Mitchum del que decía que era un cruce entre el choque de un avión y la cornada de una vaca… Vuestra belleza resulta también un tanto surrealista...
Martiño. -El recuerdo del abuelo está vinculado a las comidas, en su casa de la aldea y a aquella gallina clueca que ejercía como perro guardián… Era muy vacilón con nuestras novietas…Comía con los ojos cerrados…El abuelo estaba con la radio en el garaje, arreglando cosas, con la gallina… Nunca te daba consejos… ¿No veía en ti a un futuro play-boy al que había que asesorar en asuntos morales? No, no, el abuelo no era muy comunicativo en ese sentido, con su gallina clueca y la radio tenía bastante…Recuerdo que los abuelos murieron pronto y por eso quizá no nos vieron en todo el esplendor. Sí recuerdo una época en la que se metía conmigo porque era aquel momento en el que se llevaban las deportivas desabrochadas y por el tema del skate cogías un calcetín lo doblabas y lo metías en la lengüeta…Eso sí le llamaba la atención. Mucho.
Sigue leyendo la historia de Los Rivas en nuestro número de diciembre.