HARPER'S BAZAAR | 08 DE OCTUBRE DE 2012
Conocí a mi marido, Alexander Vreeland, hace 25 años cuando ambos trabajábamos en Polo Ralph Lauren en Milán. He trabajado en el mundo de la moda toda mi vida y, por supuesto, yo había oído hablar de la legendaria Diana Vreeland, editora de moda de Harper’s Bazaar entre 1936 y 1962 y redactora jefe de Vogue durante el resto de la década, etapa que se llevó a una estupenda exposición al Metropolitan Museum de Nueva York. Pero aunque ella aún vivía en dicha época, nunca se me ocurrió preguntarle a Alexander si podía conocer a su abuela. Nunca le pregunté sobre ella hasta que decidí hacer una película sobre su figura.
Alexander una vez dijo: “Mi abuela ya no es una persona, es un adjetivo”. Cuando piensas en ella inmediatamente te vienen a la mente esas uñas, mejillas y labios rojos, y sus excéntricas declaraciones. Pero creo que no fue entendida. Ella intentó contarnos algo más de cómo combinar unos guantes con una falda. Era una filósofa que utilizó la moda para transmitir un mensaje; una verdadera ciudadana del mundo. Diana nació con el siglo XX en París como hija de la socialité americana Emily Key Hoffman y el británico Frederick Young Daziel, y vivió casi una centuria. Vivió la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría y los locos sesenta. Asistió a todos los cambios culturales del siglo XX –fue un gran exponente del movimiento Youthquake cuando ya estaba en sus sesentas y con setenta declaraba cosas como: “¡Me encanta hacer skateboard!”.
Ella cambió el papel del editor de moda y las revistas para siempre. Su columna “Por qué no…?”, que publicó en Harper’s Bazaar durante los años 30, cuando la contrató la directora Carmel Snow –la descubrió bailando en el hotel St. Regis con un vestido de encaje blanco de Chanel– trataba sobre mujeres que ganaban fuerza y seguridad, y que empezaban a tener la confianza para ser diferentes. Aún me pregunto por qué hay tan poco escrito sobre la vida de Diana Vreeland a parte de su autobiografía, titulada DV. Pensaba que era porque a la gente le da miedo enfrentarse a la figura de un icono. Seguía dándole vueltas hasta que una mañana le dije a Alexander: “Yo lo haré”.
Nunca antes había hecho una película, pero sabía que tenía que intentarlo. La basamos en las cintas que George Plimpton grabó en sus entrevistas con Diana para DV. Había 18 por las dos caras –35 horas– y las transcribí todas. Escuchaba su voz mientras miraba la imaginería que creó para Bazaar. Después de la proyección en el Festival de Venecia en septiembre de 2011, organizamos una cena para la familia en la que Frederick, de 85, hijo de Diana y padre de Alexander (antiguo embajador en Marruecos, conocido como Frecky por la familia) pronunció un discurso. Dijo que una de las cosas que tengo en común con Diana es que no acepto un “no” por respuesta. Trabajé duro para conseguir financiación para la película y entrevistas con amigos y colegas de Diana, –desde Anjelica Huston, Lauren Hutton, Penelope Tree y Veruschka (a la que ella puso en su revista, celebrando sus looks poco convencionales) hasta Hubert de Givenchy, David Bailey y Lillian Bassman, que trabajó con Diana en Harper’s Bazaar. Utilicé 80 imágenes de Avedon y 18 de Irving Penn, una entrevista inédita con Mick Jagger y una carta de Jacqueline Kennedy preguntándole a Diana qué ponerse en la toma de posesión de John F. Kennedy. Pregunté a Bruce Weber si podía utilizar sus fotos del apartamento de Diana en Park Avenue, con su salón rojo, que le pidió a Billy Baldwin que le diseñara con sus típicas y caprichosas directrices: “Quiero que parezca un jardín, pero en el infierno”. Otro descubrimiento clave fue una película casera en la que aparece Diana de pie frente a su casa de Brewster, Nueva York, vistiendo una redecilla y unos pantalones de talle alto, y fumando un cigarro. Frecky y Tim, su hijo mayor (que es arquitecto) juegan al fondo. Sólo son ocho segundos de ella ¡pero está tan divina!”.
Una de las dificultades fue la poca certeza de algunos datos biográficos. “No cuentes una historia si es aburrida, aunque sea verdad. Inventa algo”, habría dicho Diana. Había algunos mitos rodeando su infancia. Contaba historias de Vaslav Nijinsky brincando por la casa de sus padres en París y cómo ella, sus hermanas y su niñera fueron las últimas personas en ver la Mona Lisa antes de que la robaran en 1911. De jovencita, Diana tenía una relación retadora con su madre que, como su hermana menor, era muy guapa. A Diana la veían como el patito feo. Ella desarrolló un tartamudeo cuando se mudaron a los Estados Unidos y de adolescente escribió un diario, en el que expresaba su deseo de destacar, ser diferente. Toda su vida persiguió esa meta de superación personal. A los 16 empezó a llevar maquillaje estilo kabuki: el famoso colorete en sus orejas y su frente. Arreglarse se convirtió en un importante ritual: mantenía su ropa en plásticos y planchada y sus zapatos pulidos incluso por la suela, y cuando volvía a casa todo volvía a ser prensado y envuelto en plástico. A Diana le encantaba bailar y decía “no haber salido de Harlem” durante los locos años veinte. En 1924 conoció al apuesto Reed Vreeland, que sería su marido durante 40 años. En 1929 se mudaron a Londres y ella iba a París, a las maisons de Chanel y Balenciaga, y abrió su negocio de lencería en Londres. Aseguraba que unos camisones que le dio a Wallis Simpson para un fin de semana fueron los que causaron el terremoto en la monarquía británica.
Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, sus excesos en los ¿Por qué no…? –como “¿Por qué no pintas un mapa del mundo que cubra las paredes del cuarto de sus hijos para que no crezcan con un punto de vista provinciano?”– comenzaron a resultar absurdos. Snow nombró a Diana editora de moda de Bazaar y fue durante esa época cuando influyó en la dirección de la revista, inspirando a fotógrafos como Richard Avedon y trabajando con el legendario director de arte, Alexey Brodovitch. Descubrió a Lauren Bacall en 1940, y declaró en 1946: “El bikini es lo más importante desde la bomba atómica”. Ofrecía fiestas en su apartamento de Park Avenue, a las que acudían Cole Porter, CZ Guest y Cecil Beaton, y volaba a destinos remotos.
En 1957 Paramount Pictures basó el personaje principal de Funny Face en ella (un honor que William Klein también le dedicó en su sátira Who are you, Polly Magoo?, basando en ella el papel de la editora de moda Miss Maxwell), pero Tim y Frecky crecieron deseando “tener otra madre”. Siempre les decía: “Sé original. Sé el primero o el último, pero nunca el del medio”. Diana era una socialité con una profesión absorbente. Aunque estaba ahí, nunca estaba al 100% . Reed era el prototipo de amo de casa, organizaba y hacía el desayuno por la mañana. Diana nunca se levantaba antes de las once. Los chicos sufrían. Querían una madre más conservadora. En los sesenta, cuando su madre empezó a salir con Warren Beatty, Jack Nicholson y Andy Warhol en The Factory y Studio 54, Frecky comenta en la película. “Se convirtió en una celebrity y eso me afectó”. Hablando con los hijos de Diana sobre ella me hizo entenderla mejor. Ella les inculcó la curiosidad por el mundo. Tim, de 87 años, me dijo que pocas veces lee un libro sin pensar en ella, y Frecky achaca al afán viajero de su madre su deseo por recorrer mundo y convertirse en diplomático. A pesar de la difícil conexión con sus hijos, Diana tenía una buena relación con sus nietos, Alexander y su hermano Nicky. Los chicos crecieron en distinto lugares del mundo y cuando eran pequeños y ella comenzó a trabajar en Vogue, voló a Marruecos para verles. Nicky trabajó como asistente de Richard Avedon e Irving Penn (luego se convirtió en monje budista).
En Bazaar, Carmel Snow se lo hizo pasar mal, no dejó que su editora de moda fuera a los desfiles de París y le otorgó el puesto de redactora jefe a su sobrina. Así que Diana se fue a Vogue en 1962, en 1963 se convirtió en redactora jefe de la revista para redefinir la belleza con mujeres como Cher, Marisa Berenson y Tree. David Bailey contó cuando en una ocasión, habiendo fotografiado a Tree ya dos veces (ambas rechazadas por Diana), le presentó una tercera sesión. Ella los miró y dijo: “¡Son divinos! Pero no puedo utilizarlas porque no hay languidez en los labios”. Diana era conocida por sus extravagancias, como mandar un equipo a Japón cinco semanas para ver a un luchador de sumo y retratar una historia de amor con Veruschka, o a Bailey a la India para fotografiar a un tigre blanco. Los números de diciembre eran una explosión de su fantasía. Desde ballenas a toda página a los tulipanes de Penn. Llevaba la mente del lector a lugares exóticos. Estas extravagancias fueron consideradas causas de su caída. Los tulipanes de Penn se traían de Holanda pero se morían con el frío, así que Diana llamaba a su amigo Bunny Mellon, que tenía una granja en Virginia, y le hacía llegar por avión nuevas flores. Diana siempre podía pedir un favor así –sabía que podía ir a la casa de la socialité Mona von Bismarck en Capri, o a la casa de campo de los duques de Windsor cerca de París.
A pesar de sus viajes, Diana se consideraba británica. Cuando visitó la Casa Blanca conoció al Príncipe Carlos y le hizo una reverencia. Alguien dijo: “¡No puedes hacerlo!”. Y ella respondió: “¡Pero es mi rey!”. Ella heredó la flema británica de su padre. Reed tuvo aventuras, que decidí no sacar en la película, pero la quería a ella y a su vida en común. Berenson contó cómo, cuando Reed iba a comer con sus padres y con Diana, dejaba una rosa roja en el plato de Diana y tenía lista la comida para ella. Cuando a Reed le diagnosticaron cáncer, ella no se lo contó a nadie.
Murió en 1965. Ella fue a su funeral de blanco y se zambulló aún más en su trabajo. Cuando la echaron de Vogue en 1971, ella encontró un nuevo lugar para su visión, como consultora del Instituto de Costura del Metropolitan, donde organizó doce muestras hasta 1984 y creó la leyenda de una de las galas más prestigiosas, el Met Ball.
Los últimos años de la vida de Diana son parte de la leyenda de la moda. Se retiró a su apartamento y se dejó el pelo blanco, pero Alexander me contó que no se quedó ciega, como se dijo. Algunos dicen que se reencontró con su familia. No presenté esos último años porque no quería que Diana muriese; quería permanecer en la grandeza de su vida. En vez de eso hay una animación que la presenta volando en el avión de Charles Lindbergh –ella aseguraba haberlo visto volar durante la travesía sin escalas que realizó en 1927 entre Nueva York y París, aunque nunca estuvo ni cerca de su ruta. Cuando la familia vio el final de la película se les hizo un nudo en la garganta. Es muy emocionante ver su nombre en el avión. Me encanta esa escena pero me hubiera gustado hacerla sonreir un segundo antes. Lo lamentaré toda mi vida. Me hubiera costado 25.000 dólares lograrlo, pero hubiera merecido la pena. Hubiera sido un verdadero homenaje al espíritu excesivo de Diana Vreeland. Creo que lo hubiera entendido.
Canal + emite a partir del 4 de octubre el documental ‘Diana Vreeland: La mirada educada’. La editorial Abrams publica un libro del mismo nombre.