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Catalina la Grande

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Kate Moss | HARPERS BAZAAR
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Sara Doukas supo que Kate Moss era única desde que la descubrió en un aeropuerto, pero nunca imaginó el mito que es hoy. Aquí recuerda su trepidante ascensión al olimpo de la moda.

SARA DOUKAS | 10 DE ENERO DE 2013

En 1988, Storm era una agencia en ciernes que había fundado con mi hermano solo un año antes. A mitad del verano, el aeropuerto JFK estaba repleto de gente y nosotros regresábamos, con mi hija de seis años, de un largo viaje promocional, el primero que hacíamos por Estados Unidos. En el mostrador de Pan Am, en medio de la multitud, vi el rostro de Kate. Su estructura, ese algo que ella tiene. Tenía
un aura, incluso vestida como iba: con jeans y una camiseta, y sentada sobre una maleta, acompañada por su hermano y su padre.
Para mí es como ser un experto en porcelana, todavía creo que todo el mundo lo hubiese visto igual que yo. Yo estaba hablando desde una cabina con mi marido en Reino Unido, me distraje y la perdí. Por suerte ella viajaba en nuestro vuelo. Con Kate diez filas detrás de nosotros, me senté y mandé a mi hermano a hablar con ella, no quería perderla dos veces. Sorprendentemente Kate sabía quién era
yo, habíamos estado organizando un concurso en The Clothes Show. "¿Yo?", me preguntó.

Estuve muy emocionada con Kate desde el principio. Con catorce años era una flacucha con mucha personalidad, adorable (decía que era muy bajita para ser modelo) y nos fascinó desde la primera vez que vino a la oficina con su madre. Era más pequeña que las demás, pero eso nunca me preocupó. Más importante que esos centímetros extras era ese "algo" de ella que cautivaba.
Kate ya tenía por entonces un gran estilo. Llegaba a la oficina con su uniforme y sus zapatos Westwood. Siendo una niña londinense tenía esa cualidad madura de quienes crecen en una ciudad. Desde el principio tenía un sentido intuitivo de sí misma y confianza. Incluso a los catorce años era enigmática.

No recuerdo que nunca sintiese miedo delante de la cámara. La disfrutaba, reía mucho. Y la cámara la amaba. Pero aún era una adolescente, incómoda con la desnudez, como estaría cualquiera a esa edad. En aquella época, Kate odiaba sus tetas más que nada, dice que lloró durante años por algunas de esas imágenes en topless. Fue por eso por lo que esas fotos de Corinne Day de 1989 y 1990 son tan maravillosas, capturan a la chica que era. Corinne adoptó a Kate, la cuidaba y fue su mentora, fue una relación muy importante. Lo que muestran esas fotos es una energía increíble, un espíritu libre, algo tan diferente a todo lo anterior -al brillo y las hombreras, a las modelos glamurosas como Linda Evangelista, Cindy Crawford y Naomi Campbell- vimos como todo se transformaba- la portada de Kate para The Face, su primer desfile para Galliano en 1990, y su mudanza a Nueva York en 1992- me sentía muy protectora con ella, aún me siento así.
Si hubo un momento de madurez fue cuando se fue a Nueva York, a los 18 años. De repente estaba en las páginas de Harper's Bazaar, en el primer número que realizó como editora Liz Tilberis, en una sesión fotografiada con Patrick Demarchelier (Wild, septiembre de 1992). Había plumas, pelucas, terciopelo y cuero: jugar a vestirse de bohemia para reflejar el tema de ese número, el juego de roles que es la moda. La niña Kate había crecido. Fue revolucionario. Ella no era el tipo de chica que salía en Bazaar. Enloquecimos. El
director creativo de la revista, Fabien Baron, llevó las imágenes a Calvin Klein, que la contrató para su primera gran campaña: Calvin Klein Underwear con Mark Wahlberg, fotografiada por Herb Ritts. Moríamos de felicidad.
Luego llegó la campaña de Mario Sorrenti para Calvin Klein Obssesion en 1993, no sin controversia. Fotografiada en Virgin Gorda, en las Islas Vírgenes Británicas, Kate aparece saliendo del agua y también tumbada, desnuda, con un gesto de Lolita. Era lo opuesto de lo que se podría esperar de Calvin Klein. Mario estaba comenzando como fotógrafo, había trabajado de modelo cuando Kate estaba en Nueva York, y empezaron a salir.
Creo que eso era parte de la idea de Calvin, esa colaboración, y su relación. Ver la imagen ahora produce el mismo efecto que hace años. Hay tanto poder tras el sentimiento entre ambos... haciendo el libro Kate: The Kate Moss Book (Rizzoli) revisamos miles de imágenes así. Kate es muchas cosas, muchas personas, es un camaleón. Es por eso que los clientes la adoran. Puede ser cualquiera
para cualquier persona. Las mujeres que la ven están fascinadas con ella (incluso si se enteran de que come puré y bebe Guinness) y con su estilo. Creo que todos sentimos que podemos vestir lo que ella lleva. Ese es su efecto. Las compañías gastan fortunas en sus campañas y luego de pronto aparece Kate con una camisa de lunares de Jaeger y se agota en horas. Es algo instintivo para ella, ama la ropa.

Sigue leyendo en nuestro número de enero 

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